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El pañuelo

Actualizado: 26 oct 2021



A mi amiga Patricia G.


Últimamente, cada vez que Aida Ospino recibía los mensajes de voz del marido en su celular respiraba profundo y cerraba los ojos, apretándolos con rabia, como si tuviera la certeza de antemano que iba a escuchar sandeces que la descontrolarían al instante. Pero en esa mañana de su cumpleaños, al percatarse de que Jorge le había hablado por whatsaap, ella sonrió con leve emoción.



Al tocar el triangulito negro en la pantalla de su celular y escuchar la voz autoritaria de Jorge, diciéndole que acababa de invitar a sus amigos al apartamento pero que no se preocupara por lo de brindar porque ya él estaba comprado tamales y chocolates “para celebrar desde bien temprano como se debe”, Aida tuvo el impulso de estrellar el teléfono contra el piso. Sin embargo, salió corriendo para el cuarto y se vistió con lo primero que encontró en el closet. A prisa, tomó las llaves del apartamento y guardó el celular en su mochila, plenamente consciente de que esta vez no debía tirarlo contra el suelo. “¡Bien caros me han salido mis arrebatos de ira!”, se dijo así misma y cerró fuerte la puerta, caminando rápido por el pasillo hacia la salida de su edificio.


El tono alegre de Jorge retumbaba en su cabeza, mezclándose con el bullicio de voces y las risitas burlonas que se escuchaban en el mensaje. Las lágrimas le brotaban aun más cuando recordaba a Jorge enviándole esos estúpidos besos en palabras, que nunca hacía sonar ni por el teléfono. Lo que más ira y dolor le producía era el cinismo con que le recomendaba que se arreglara rápido porque en cuestión de minutos estaría con sus amigos en la puerta.


—“Siempre es lo mismo. Siempre quiere celebrar mi cumpleaños a su manera” —mientras se repetía con rabia esta frase, se percató que su celular estaba prendido y de inmediato decidió apagarlo. Ensimismada, cruzó la calle sin darse cuenta que las luces del semáforo cambiaron a verde. Tampoco vio lo cerca que pasó una moto por detrás de ella, y que casi, casi la atropella. Iba ahogada en llanto, caminando rápido, sin saber adónde la llevarían sus pasos.

— “Este idiota no me va a arruinar mi día ¿Qué se cree? Con qué intenciones me quiere llevar a sus amigos para que yo los atienda en mi cumpleaños? Por Dios, por qué no me escucha, claramente le dije anoche cómo quería celebrar mi cumpleaños. No entiendo, no lo entiendo”. — Tenía en su cabeza muchas preguntas.


El fuerte sol de Cartagena y la necesidad de calmar su sed la obligaron a detenerse frente al supermercado del barrio San Diego. Sin lograr calmarse entró afanada al almacén Éxito. De lejos pudo observar que en el pasillo de las verduras estaban saludándose dos amigas de Jorge. Así que, antes de que la vieran, logró escabullirse por el pasillo de los elementos de aseo. Ahí, en la mitad de ese corredor, esculcó la mochila que llevaba entrecruzada en su torso; quiso encontrar un espejo, se imaginaba espantosa. En vez del espejo, encontró unas gafas negras que limpió con la punta de su camiseta, y enseguida, se las colocó a manera de solución para disimular un poco la facha impresentable con la que andaba por el Centro de Cartagena. Antes de salir del almacén tuvo la ocurrencia de llamar a su amiga Karina, quien le había escrito bien temprano en su Facebook para desearle feliz cumpleaños pero enseguida descartó la idea de llamarla y de visitarla porque pensó que después se vería obligada a darle explicaciones de qué pasaba con Jorge, y ella no estaba en tónica de comentarle nada a nadie sobre los problemas que tenía con su marido.


—“Y ahora dónde me meteré?” ­­— pensaba con la angustia reflejada en su rostro mientras salía a prisa del almacén sin que la vieran las chismosas amigas de su marido.


—“ ¿Cómo es posible que se haya inventado ese plan para celebrar mi cumpleaños? Bien claro se lo repetí, que quería verme una película y comer pizzas en la cama con él”. “¿Será que Jorge ya no me quiere?” “¿Tendrá otra mujer?” “¿Por qué evita que estemos los dos a solas?”…

Aida suspendió el cuestionario mental cuando llegó a la segunda garita de Las Murallas. Miró para todos lados como si estuviera buscando una dirección, de hecho se fijó en el letrero que dice: Conjunto residencial La Serrezuela. Allí resolvió salirse de la ciudad amurallada para caminar por la avenida Santander, del lado que va por la orilla del mar. A ella le encanta andar por la playa, pero al mirarse sus sandalias nuevas, recientemente estrenadas, decidió devolverse y subirse por la rampa de Las Murallas. Sabía que la arenilla podía estropearlas y tampoco quería caminar descalza. Así que ascendió despacio, parecía que los pies le pesaban, como si llevara en ellos la carga del tormento de sus pensamientos. En su rostro también se reflejaba la pesadumbre de su alma.

La brisa marina la hizo detenerse y, al instante, contemplar la deslumbrante vista que se aprecia desde arriba de Las Murallas; un suave destello de calma la invadió, cayendo también en cuenta que de novios, a Jorge y a ella, les encantaba sentarse ahí, frente al Baluarte del Colegio Salesiano para ver los atardeceres de todos los domingos. Ese era el plan favorito de ambos.

Mientras Aida contemplaba el mar y el cielo, dijo a manera de oración: —Dios, háblame, necesito una señal. Por favor, revélame qué nos está pasando a Jorge y a mí”.


Hacía largas semanas que Aida hablaba más con Dios que con Jorge. Cuando terminó de orar, el azul radiante del cielo de Cartagena de repente comenzó a oscurecerse con intimidantes nubarrones.

—“Wow, ¿qué es esto? Señor, ¿qué me quieres decir con la presencia de estas nubes negras?” —Afanada, empezó a buscar su celular en el bolso para poder captar el mensaje que Dios le quería entregar.

— “No, no, no. No puede ser, rápido, prende, bendito teléfono, necesito grabar este momento”. —Las imágenes sublimes de los rayos del sol batallando contra las nubes que querían opacarlo quedaron grabadas sólo en el corazón de Aida, porque su móvil se demoró en encenderse. Su reacción fue encogerse de hombros pero solo por la decepción de no haber capturado la respuesta de Dios. Finalmente, cuando el celular le prendió, decidió hacerse unas selfies para subirlas a sus redes sociales con el siguiente mensaje:

Gracias Dios por este nuevo cumpleaños. Tenerte a ti es más que suficiente. Hoy sé que ante cualquier oscuridad, tu luz siempre me acompañará.


Al ver la foto publicada en el Instagram de Aida, Jorge le marcó al teléfono pero ella rechazó la llamada y de nuevo apagó el aparato. Ella prefirió atender a un extranjero que en ese momento se le acercó con un pañuelo en la mano, diciéndole:

—“Es limpio y nuevo. No tener usado”. —El joven llevaba largo rato observándola; estaba conmovido al verla que lloraba desconsoladamente mientras se tomaba fotos.

—“Ay, gracias” —le contestó apenada Aida.

—“Yo puedo tomar más fotos pero con sonrisas; y si miras mi cara, te da risas”. —El gringo siguió hablándole jocosamente; buscaba romper el hielo, y hasta se atrevió a invitarla a tomar un refresco, ante la sofocación que estaba haciendo esa mañana en la ciudad.

—“Eres muy amable pero yo ya me tengo que ir”. —Aida le devolvió el pañuelo pero el hombre no lo recibió. La señaló con su dedo índice para indicarle que el pañuelo era para ella. Aida lo miró de frente y vio que sus ojos azules estaban fijos en ella. No pudo sostener la penetrante mirada del gringo, así que miró a un costado y sonrió tímidamente sin percatarse que con sus dos manos apretaba fuerte el pañuelo contra su pecho, pero igual, volvió a repetirle que ya tenía que irse. Él tomó suavemente sus manos diciéndole: —Esta bien. Adiós, no llorar por favor.


Aida bajó de Las Murallas, caminó unos cuantos pasos y se detuvo en una chacita de ventas para tomarse una limonada de coco. Mientras se tomaba el jugo y masticaba los pedazos de hielo en la boca se acordó de los ojos azules del apuesto joven que le obsequió su pañuelo. ¿Cómo fue posible que no siguió conversando con ese hombre tan bello y amable? Al terminarse la limonada se fijó en el vestido azul, tipo marinero, de la vitrina que tenía enfrente. Decidió entrar en el almacén de ropa y la vendedora de inmediato le bajó de un estante otro vestido igual al que lucía el maniquí ubicado en la entrada; la animó a medírselo y ella entusiasmada entró al vestier y se desnudó.


—Me lo llevo puesto, se dijo en voz alta porque le gustó como le hormaba. Salió estrenando del almacén con una sonrisa serena en su rostro, segura de que se iba a volver a encontrar con ese apuesto y risueño joven de ojos azules. Así que subió de nuevo por Las Murallas pero ni rastros del extranjero. A su alrededor ya no había ningún turista a la vista. Bajó inmediatamente por la rampa y tomó un taxi amarillo, pidiéndole al conductor ir al Centro Comercial de Bocagrande. En el camino decidió entrar a cine.


Llegó directo a buscar la cartelera y vio que Dumbo era la única película que estaban proyectando. Sin más opción compró una boleta en sillas preferenciales con un combo de crispetas dulces, perro caliente y gaseosa. Al estar sentada frente a la pantalla, se acordó de que cuando ella estaba pequeña sus hermanos mayores le decían Dumbo. No podía creer que preciso en el día de su cumpleaños y con todo lo que en ese día estaba viviendo con Jorge, ella reviviera ese mal recuerdo de infancia cuando sus hermanos le decían así para molestarla. De nuevo rompió a llorar, sintiéndose bastante ridícula por la revelación del sobrenombre que nunca entendió de niña y que sólo hasta ahora comprendía que era por sus grandes orejas. Aferrada al pañuelo que le había regalado el joven turista, lloraba sin poder contenerse.


Al salir de la sala de cine, decidió quedarse un rato más vitriniando en el Centro Comercial. Al final de la tarde terminó su itinerario, comprándose una torta y una botella de vino –“El día no ha terminado”, pensó con un destello de luz en sus ojos tristes”. Y tomó otro taxi con rumbo a su casa.

Al llegar, las luces de la sala estaban apagadas. Aida encontró a Jorge sentado frente al televisor del estudio. Sobre la mesa del comedor todavía estaban los desechos de los platos y vasos plásticos de la comida que su marido ofreció a su grupo de amigos. Así que respiró profundo y abrió espacio en la mesa para colocar los paquetes que ella traía encima.

—¡Hola, Jorge! ­­—dijo de manera tajante, con voz fuerte y seria.

— Hasta que te dignas en aparecer. Caramba, ¿Dónde estabas?

—Celebrándome mi cumpleaños.

—¿Ah sí? Me parece genial. Por las horas en las que llegas, me imaginó que la pasaste de maravillas.

—Pues, fíjate que sí. Hasta me vi una película como yo quería, y también me compré este vestido. ¿Qué tal me queda? Ah, mira también compré un pudín y un vinito.

—¡Qué bien! —le dice él, mirando fijamente, la película del televisor.

—Jorge podrías apagar ese aparato, quiero que hablemos.


­—Habla que yo te estoy escuchando.

—Oye, es en serio, ven y partimos la torta que me compré. Necesitamos hablar. Aida se dirigió hacia la cocina para buscar un cuchillo y dos copas. Se sirvió una primero y se la bebió en dos sorbos. Luego llenó las dos copas hasta la mitad y las colocó sobre una bandeja con dos platicos pequeños y un cuchillo para porcionar el pudín.

Al regresar al estudio encontró a Jorge dormido. Lo miró con desprecio y bajó la bandeja en la mesita del centro. Se quitó las sandalias para caminar hacia su cuarto sin hacer ruidos. Lentamente, se desvistió y con esmero guardó su vestido. Al cerrar la puerta del closet, volvió a abrirla al acordarse del pañuelo; lo había guardado en el bolsillo de su traje nuevo. Lo tomó en sus manos con una pícara sonrisa, y entró en su cama, aspirando profundamente el delicioso aroma varonil de ese pañuelo. Aida durmió esa noche como hacía mucho tiempo no dormía.


Cartagena, marzo del 2019


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